El Mito de la Colmena: ¿Una ética posible para alcanzar la felicidad?
Querid@s lectores! Os traigo una entrada nueva en la que voy a hablaros desde un mundo basado en "colmenas". Sí, si, habéis leído bien. Imaginad que el mundo se dividiese en distintas colmenas, en las cuales se agrupan personas de una misma ideología, de un mismo patrón, con un mismo objetivo, que trabajasen igual.
El mito de la colmena que nos invita a la reflexión por parte de su autor, Feliciano Mayorga Tarriño, es más que un ensayo de filosofía. Es el cuestionamiento que nos lleva a la brújula ética comprensible y aplicable para el día a día.
La "fórmula del bien" que nos enseña, no funciona como un dogma, sino como una herramienta. El libro busca que el lector descubra que detrás de los dilemas morales (personales, comunitarios, sociales), suele haber una estructura en común, que es la necesidad de armonizar libertad, responsabilidad y cuidado mutuo.
La finalidad del libro es pedagógica, ya que nos invita a pensar en el bien como algo realizable, como práctica que puede empezar en lo cotidiano y expandirse a lo colectivo.
Pongámonos en situación; existen aisladamente cuatro posibles colmenas/islas.
LA ISLA DEL VIVE Y DEJA VIVIR
En ella, viven autóctonos, con numerosas diferencias entre sí. Su régimen es anárquico y libertario. Para ellos, la ley está en "Bienvenidos los diversos, absténganse los iguales". Nadie da explicaciones de nada. No se justifican por lo que hacen o dejan de hacer. El propósito ante todo en la vida se trata de llegar a ser uno mismo.
La libertad es absoluta y eso también ayuda a estar orgulloso de ser lo que uno es o de lo que uno tiene. No hay religiones, partidos o normas que limiten o prohíban algo. Trabajo y hobby no se diferencian, uno hace lo que realmente le hace feliz. Hay tiempo para el disfrute y solo hay una norma: nadie debe controlar las acciones de otros.
LA ISLA DEL TODO POR TODOS
Expresa limpieza y orden. Destacan ante todo las asambleas públicas donde se debate absolutamente todo. Se busca la monotonía y el uniformismo en lo físico y práctico. De lo contrario, no se toleran las diferencias las diferencias personales.
Para ellos es mucho más simple de organizarse de este modo. Nadie domina a nadie y existe autonomía personal. Eso sí toda decisión se establece por debate, pero Nunca POR VOTACIÓN.
En este ámbito es importante destacar el gran rechazo que hay hacia los apolíticos, o personas desinteresadas en la polis (la ciudad) o cuestiones de la vida. La única libertad aquí se obtiene por colectividad dado que lo personal es político. Claramente, esta isla cuenta con sus inconvenientes: no hay tiempo para uno mismo, hay una gran vigilancia de unos con otros, hay un alto nivel de frustración personal en el ciudadano, el salario es idéntico y no tiene en cuenta el mayor o menor grado de trabajo.
La isla se basa en una sociedad egoísta de individuos generosos y ni la participación ni el voto de la mayoría puede ser lo justo.
LA ISLA DE LA SOLIDARIDAD
Como régimen, nos encontramos con una teocracia compasiva. Dios es la autoridad política ante todo. La misericordia forma parte de todas las religiones. Hay algo sorprendente en esta isla: la mayoría de los isleños están enfermos (Malaria, SIDA, cáncer...). También conviven generosos cuidadores que dan todo de sí mismos para proteger a los otros. Todo por la ley que rige la isla: la solidaridad.
Los voluntarios piden su recompensa en el más allá. Desde luego, la sociedad está tecnificada y competitiva: eso le resta valor a la sabiduría.
Entre los inconvenientes nos encontramos: ausencia de un sistema de protección social, la motivación de los voluntarios es moral, surge una enfermedad típica denominada SEDA (Síndrome de Esfuerzo Deficiente Adquirido), proliferan las bandas de ladrones...
LA ISLA DE NO DOMINACIÓN
Todo el sistema está regido por un sistema republicano igualitario donde la protección a todo tipo de víctimas de la violencia.
El objetivo de la isla es que sus isleños no se vean por miedo, en la necesidad de ir detrás de nadie.
La mayoría entre la población son prostitutas de países pobres que fueron sometidas. Los proxenetas deben de pasar a ser esclavos sexuales. Se enseña y brinda autoprotección con mecanismos punitivos. No se toleran de ninguna forma agresiones.
Los medios de producción se colectivizan, se proporcionan rentas básicas, nadie cree en la imparcialidad, hay cuotas que distribuyen el poder político y ante todo existe un Código Penal implacable para los dominadores.
Entre los inconvenientes encontramos: conductas agresivas, procedentes del entrono familiar o social, castigos no correspondidos a inocentes acusados y amenazados por el Código Penal, la mala concepción de usar el victimismo como herramienta o la relación de dominación entre humanos y especies.
A NIVEL PEDAGÓGICO, ¿QUÉ APRENDEMOS DE ESTAS ISLAS?
Las cuatro islas funcionan como una especie de modelos pedagógicos de extremos éticos. Cada una nos refleja la absolutización de un valor humano importante: la libertad, la comunidad, la compasión, la justicia, llevado hasta su límite. Y es justo a través de su exageración que podemos aprender.
Feliciano Mayorga no nos presenta estas islas como utopías, sino como laboratorios morales en los que podemos observar qué ocurre cuando un principio fundamental excluye a los demás.
APRENDIZAJES PEDAGÓGICOS QUE NOS ENSEÑAN LAS ISLAS:
Cada isla convierte un valor legítimo en la única brújula moral:
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Vive y deja vivir → autonomía absoluta.
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Todo por todos → colectividad absoluta.
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Solidaridad → compasión absoluta.
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No dominación → justicia absoluta contra la violencia.
A nivel educativo, esto nos muestra que la ética no es maximalista, sino equilibrada.
El exceso convierte la virtud en problema.
Como aprendizaje pedagógico comprendemos entonces que:
Un valor, aislado del resto, se pervierte. La educación moral debe formar para la integración, no para la idolatría de un único ideal.
Las islas enseñan la dinámica pedagógica clave del libro:
El bien no es una fórmula fija, sino un equilibrio dinámico entre el yo, los otros y la convivencia.Cada isla falla en una parte:
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En la primera, sobra libertad pero falta responsabilidad.
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En la segunda, sobra responsabilidad colectiva pero falta libertad personal.
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En la tercera, sobra cuidado pero falta justicia estructural.
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En la cuarta, sobra justicia punitiva pero falta confianza y humanidad.
Como aprendizaje pedagógico comprendemos entonces que:
Educar para el bien implica formar personas que sepan navegar tensiones, no refugiarse en absolutos y que no hay madurez moral sin conflicto interior y negociación ética.
Cada isla intenta definir una “identidad moral pura” que sus habitantes deben encarnar:
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El libertario auténtico.
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El ciudadano comprometido.
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El cuidador compasivo.
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La víctima empoderada.
Y esa “pureza” genera: vigilancia, frustración, castigos injustos, desigualdad oculta o erosión de la libertad.
Como aprendizaje pedagógico comprendemos entonces que:
La formación ética debe enseñar a convivir con la diversidad moral, la democracia madura es mezcla, no pureza y la ciudadanía necesita flexibilidad y reinterpretación constante.
Los habitantes de cada isla creen tener “la respuesta correcta”, pero al aplicarla sin matices crean problemas nuevos:
Libertad total → desigualdad y desprotección.
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Colectivismo total → asfixia personal.
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Caridad total → agotamiento y falta de sistemas.
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No dominación total → hiperpolicía y sospecha permanente.
Como aprendizaje pedagógico comprendemos entonces que:
El pensamiento crítico es indispensable: todo ideal ético debe ser revisado, cuestionado y contrastado con la realidad y la educación debe enseñar a prever consecuencias no intencionadas.
Las islas funcionan como espejos que revelan nuestras propias tentaciones sociales:
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“Que cada uno haga lo que quiera.”
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“Si todos pensáramos igual, las cosas irían mejor.”
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“El amor puede salvarlo todo.”
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“Castigar más es la solución.”
Mayorga nos muestra que ningún modelo aislado funciona permanentemente.
Como aprendizaje pedagógico comprendemos entonces que:
La ética es una práctica, no un destino y que se enseña viviendo, dialogando, revisando y rectificando.
Las cuatro islas enseñan, por contraste, la necesidad de la fórmula del bien:
libertad + responsabilidad + cuidado + justicia = convivencia posible
Sin que ninguno domine, sin que ninguno falte.
En educación social, esta es la clave:
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Formar personas libres, pero no indiferentes.
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Formar personas solidarias, pero no explotables.
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Formar personas justas, pero no punitivistas.
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Formar comunidades cooperativas, pero no uniformes.
Al recorrer estas cuatro islas —tan distintas, tan excesivas, tan humanas— uno no puede evitar mirarse a sí mismo y reconocer algo familiar en cada una. Porque, al final, todas representan pequeñas tentaciones contemporáneas: la de vivir sin rendir cuentas, la de escondernos en la masa, la de salvar al mundo desde la bondad, la de corregirlo todo desde la justicia absoluta.
Quizá la verdadera enseñanza no sea elegir una isla para habitar, sino aprender a navegar entre ellas sin encallar. No buscar refugio en un único modo de ser, sino comprender que la vida ética es un equilibrio cambiante que depende del momento, del otro, del contexto y de uno mismo.
Así que la pregunta queda abierta, lejos de cualquier fórmula perfecta:
¿En cuál de estas islas crees que habitas más a menudo… y hacia cuál deberías navegar ahora para crecer como persona?
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